Penélope

Ella era distinta.

A lo largo de los años he visto a cientos de esos personajes pintorescos que dan con sus huesos en la estación de Sants: mendigos de piel encendida por el vino de cartón; punkis de camiseta mugrienta que soplan sin pasión una flauta de plástico -la melodía saltarina contrasta con sus ojos hundidos-; jóvenes con nombres extranjeros aquejados de trastornos psicológicos bautizados con nombres extranjeros. Nadie los mira a la cara. Todos ellos huelen a ciudad de paso eterno. Sin pasado ni futuro. Solo un presente efímero.

Pero ella…

¿Qué fue lo que reclamó mi atención el primer día? Quizá el luto riguroso en una chica que no superaba los cuarenta; quizá su aspecto sereno; quizá, simplemente, la escrupulosidad de su aspecto físico y la fidelidad en sus rutinas: cabello recogido en un cola de caballo, medias negras sin carrera, maquillaje discreto pero impecablemente aplicado, maneras discretas y movimientos controlados. Aparecía a media tarde, se sentaba en uno de los bancos metálicos que hay frente a las escaleras mecánicas, colocaba el billetero de piel negro sobre sus piernas y dejaba pasar los minutos.

Una tarde abandoné el quiosco y me senté a su lado. La joven contrajo la comisura de los labios y me hizo sitio en el banco.

—Perdone mi atrevimiento. Quizá haya reparado en mí algún día —dije señalando el quiosco—. ¿Puedo invitarla a un café?

—¡Oh, muy amable, pero pronto llegará el tren de mi marido!

Intenté sonreír, conmovido puesto que la joven abandonaba sola la estación, todos y cada uno de los días.

Su perfume afrutado nos envolvió.

—¿Cómo se llama usted? —pregunté. A esas alturas ya había olvidado el quiosco, y a la gente que hacía cola frente a la caja, y a los clientes que, tras esperar unos minutos y no ser atendidos por nadie, lo abandonaban malhumorados.

—Penélope —contestó la joven viuda—. Me llamo Penélope. —Y el nombre pronunciado generó un silencio marmóreo.

Dudé antes de atreverme a preguntar:

—¿Como la de Serrat?

—Eso es, como la de la canción. ¡Menuda majadera! —continuó locuaz—. Ya sé lo que está pensando: ¡qué casualidad, la Penélope de Serrat parece haberse escapado de la canción! O quizá cree usted que soy una lunática, y que no me llamo Penélope y que enloquecí al morirse mi Juan… Le aseguro que me llamo como le he dicho. Y sí, yo también espero a mi amor, y también lo hago sentada en un banco en la estación. Pero ella sigue y seguirá esperándolo porque ella sí que está majareta. En cambio, le juro que yo sí me reencuentro con mi marido cada tarde. Llega en el tren de Albacete.

Asentí. «Loca inofensiva», pensé con una mezcolanza de alivio y ternura.

Penélope miraba a cada momento el panel de llegadas, aunque con toda seguridad se sabía de memoria todos aquellos dígitos. De nuevo rompí el silencio:

—Yo también soy viudo. Hace veinticinco años que lo soy. Era ella quien en realidad llevaba las riendas del quiosco. Hay días en los que parece que la voy a encontrar detrás del mostrador. La echo tanto de menos…

No solía hablar de eso.

De repente, Penélope hizo algo que me contrarió: me cogió la mano en un apretón cálido.

—Mi Juan se fue sin avisar —dijo—. Un tumor. Dos semanas y adiós. Se fue tan lejos…

—¿A Albacete?

—Sí, más o menos —contestó entre suspiros—. Después de su muerte, aquí se produjo nuestro primer reencuentro. Tardé en convencerme. Tardé aún más en acceder a la locura de intentarlo. Siempre la estación. Siempre los trenes. Fue al poco de conocernos cuando a mi Juan lo contrató la Renfe como revisor.

—¿Cómo era él?

—Mi Juan era menudo. Tenía cuerpo de actor de reparto español de toda la vida. Sin embargo, tenía una voz cavernosa, como de galán, una voz poderosa que recordaba a la de Constantino Romero.

Al ritmo que marcaba el gran reloj de la estación pasaron los días, y con estos las semanas. Entre revistas del corazón, chicles y libros de pasatiempos, observaba a Penélope, en la que parecía no menguar ni un ápice la ilusión fantasiosa de reencontrarse cada tarde con su marido. A su belleza de joven viuda se le añadió una luz, un brillo potente que irradiaba de su interior traspasando el vacío negro del luto.

Una tarde la estación enmudeció. Aquel silencio era la verdad que se hacía hueco en su cabeza. De repente, emergió una voz. Frente a mí, Penélope sonreía. Llegaba el tren de Albacete, el único tren que a través de los altavoces era anunciado por una voz masculina, una voz cavernosa, como de galán, una voz poderosa que recordaba a la de Constantino Romero.

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