“¡Qué vergüenza ser ignorantes!”

Nacida en el Mediodía español, en aquel país rural de azada, luto y pan duro, una niña delgaducha aprende a leer, a la luz de un candil, gracias a las cartas que sus hermanos mayores escriben desde el servicio militar: “Queridos papás, por la presente…”.

Hubo un tiempo en el que existía el convencimiento firme de que la única garantía para que los propios hijos no fuesen humillados, engañados y esclavizados por los señoritos era asegurarles, no solo educación, de la que iban sobrados en el hogar, sino formación académica. Hubo un tiempo en el que el “¡Qué vergüenza ser ignorantes!” de Los miserables de Víctor Hugo suponía un pesar para la gente humilde mucho más profundo que el “¡Qué vergüenza ser pobres!”.

Existe otro tiempo en el que la culturización no está de moda; entre los ciudadanos, porque la cultura no aporta réditos a corto plazo; entre la administración, porque es cara. Hace diez años la formación académica-cultural era el camino más largo hacia el triunfo social. Hoy, muchos de los más de cuatro millones de desempleados en España se aferran a unos estudios interrumpidos en su día, por lo visto estudios innecesarios en el pasado y quién sabe si también en el presente.

Sea como fuere la crisis educativa en España es obvia, aunque no es cierto que los jóvenes sepan menos, sino que saben menos de lo que nosotros, y nuestros padres, y nuestros abuelos creemos que deben saber. Adaptemos las metodologías, el currículo, las infraestructuras en los centros educativos. De manera torpe, los docentes creemos que el ordenador y la pantalla digital nos solventarán la papeleta. ¿Cuántos años de ventaja en materia tecnológica nos lleva ese alumnado que ya hemos etiquetado como inculto y poco preparado?

La revolución se debe dar, principalmente, en la cabeza de los maestros y profesores, y en la de unos padres que han criado a unos niños poco tolerantes al fracaso. La verdadera revolución educativa reside en conocer a los alumnos, sus inquietudes, su manera de pensar y sentir, reconocernos a nosotros mismos en ellos, asumir que es más rentable ganarse la autoridad en el aula que imponer el autoritarismo, no olvidar que ellos son los menores y nosotros los adultos con responsabilidad, experiencia y sabiduría.

Cuarenta años más tarde, la niña delgaducha acude a su primer día en la escuela para adultos. Cuando sus hijos ya se han acostado, la luz de la cocina aún está encendida; abre su libreta en el silencio del hogar y revisa las primeras palabras escritas en un cuaderno cuarenta años después. La vida es maravillosa.

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