¿Dónde vas, Alfonso XII?

“¿Dónde vas, Alfonso XII,

dónde vas triste de ti?

Voy en busca de Mercedes

que ayer tarde no la vi” (Canción popular)

 

Las tripas de una cinta VHS bailan tétricamente elegantes danzas colgadas del cable del tendido eléctrico. Existe un purgatorio, en Badalona, en el barrio de El Remei, al sur de San Roque, siempre al sur. Apenas son cuatrocientos metros. El blanco y reformado edificio de la Escuela Oficial de Idiomas otea el barrio. El primer mundo en el cuarto. Entre Maresme y Primavera, ¡ay Primavera!, la calle Alfonso XII aparece como La romería de San Isidro de Goya, como una mala escena de una película de José Antonio de la Loma. Ni rastro de la dignidad de Millet (Jean François, se entiende). Solo olivertwists a lo caló.

El visitante no pasea por aquí, sino que transita lo suficiente y necesario para conocer de cerca la vergüenza que produce el abandono ignominioso de nuestro tan baloncestístico ajuntament. Si en el cielo no hay parking, en el purgatorio no hay ni ascensor ni telefonillo. Los andamios ocupan los portales. En uno de ellos un cartel avisa de que ‘no queremo rumanos’ (sic).

La basura campa a sus anchas pues las papeleras son robadas y vendidas como chatarra por algunos en los que el sedentarismo menos ha calado, a pesar de ser vecinos de segunda o tercera generación. El nomadismo sigue presente en el subconsciente colectivo. Es como si cualquier día fuesen a abandonar los pisos y continuar su centenario peregrinar. En invierno la hoguera y en verano la piscina toy.

Las actividades más compartidas por buena parte de los varones adultos son el desmantelamiento del motor de coche y la contemplación del pajarillo. La degeneración humana se hace patente en cada una de las mañanas que pasan al sol los jóvenes que no saben ni qué significa salir adelante ni cómo hacerlo. Como las cabezas de los ajusticiados clavadas en estacas, en la verja de la entrada de un colegio cercano un recorte de prensa avisa a quien quiera darse por enterado: ‘Badalona multarà amb 3.000 euros les famílies dels nens que no vagin a escola’.

El patriarca menea la vara, pero son las mujeres las que hacen el puchero al llegar de vender ropa en el mercado. ¿La discutible influencia de la Iglesia Evangélica, esto es el culto, en los jóvenes del barrio? Otro día.

Una piedra al cuello llamada PIRMI (Programa Interdepartamental de la Renta Mínima de Inserción) arrastra a las familias a un fin anunciado, y adormece cualquier espíritu de superación, individual o colectiva. Paradójicamente, no es una preocupación común el que los hijos superen en conocimientos y nivel de vida a los padres. No hay revolución posible sin conciencia de clase, sin espíritu rebelde de una juventud aletargada, sin sensibilidad de barrio.

Con solo un paseo de cuatro minutos por el purgatorio Paulo Freire habría perdido toda la fe.

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