El cortijo de Maragall

Cuatro huelgas en dos años es un hito de dudoso mérito. Un hito al producirse en estos tiempos de aborregamiento sindical general. Un hito porque el blanco de dichas huelgas es un consejero de un govern de triesquerra, un govern en el que el juego de las sillas se practica con sillas de sobra. Nadie se mueve para seguir saliendo en la foto ni dice esta boca de izquierdas es mía. Hondo es el pozo al que se asoma la enseñanza pública catalana.

El objetivo es categóricamente claro: privatización de la enseñanza, es decir, abaratamiento de costes sin preocupación por la calidad del producto. Pretender convertir algo tan valioso como la enseñanza o la sanidad públicas en nuevas Telefónicas sólo se le puede ocurrir a un tipo con grandes pretensiones neoliberales y un gran desprecio por el estado de bienestar vigente.

A decir verdad tampoco es de extrañar. Los altos cargos políticos y empresariales catalanes, es decir, los que cortan el bacallà, como los Maragall en el caso que nos ocupa, pertenecen en su mayoría a clanes endogámicos de profundo y largo raigambre (de esas raíces que cuesta arrancar y que acaban siempre por brotar), que gestionan algo que es de todos, pero que ellos difícilmente han disfrutado/padecido, como la sanidad o la enseñanza públicas, ya que tiran de mutua y sus hijos y nietos van a escuelas privadas (véase estirpe Pujol).

¿Qué impulsa a un miembro de la burguesía a ser cabeza visible de un partido político socialista? En primer lugar, puede deberse a un acto de rebeldía generacional en contra de lo que se supone que un miembro de su clase social debe hacer; en segundo lugar, puede responder a la visión que la burguesía siempre ha tenido de la limosna. La limosna, para la burguesía, no era un acto de filantropía, ni un intento de regular los desequilibrios sociales, sino una obligación de clase cuyo último fin era la promoción social del que recibía la donación. Esta burguesía con piel de socialdemocracia se parece a esas señoronas de la Moraleja, de esas que aún utilizan palabras como rojos y cruzada, que entre abrigos de visón, al salir de misa, reparten monedas a lo Jesús Gil.

¿Me puede alguien aclarar qué diferencias existen entre la gestión de la enseñanza promovida por Ernest Maragall y la privatización de la sanidad ejecutada por Esperanza Aguirre? Los actuales actores de la alta burguesía, adscritos tanto a partidos socialdemocrátas como liberales, actúan, pues, con alta vocación de misioneros civiles. A menudo son traicionados por sus orígenes y un arrebato casi innato les lleva a entender lo público como una sociedad limitada más.

En el cortijo de Maragall, ¿quién hace de Azarías?

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