El país de los complejos

Que a uno le llamen facha está a la orden del día. Insulto fácil de los perezosos mentales. En este país de trileros, de mendicantes de votos, de traficantes de sentimientos, de especuladores de barrio y nuevos ricos, nada es lo que parece y, en política, casi nada es como debería ser. Y es que no debe dejar pasar cualquier oportunidad para ser uno más entre tantos, entre millones de adjetivados ni más ni menos. Y es que no hace falta serlo porque nada es lo que parece.

En el país de los complejos la inmensa y mayoritaria minoría es la que no se cuenta entre ellos. El esfuerzo es nulo para no ser considerado un reaccionario porque las etiquetas van y vienen por doquier. Los francotiradores son hoy los representantes de la pureza, pero no duden en que llegará un día en el que ellos también serán llamados botiflers. No espere ni diez líneas para considerármelo también.

Rosa Díez por encima de todos; los católicos; el catalán con ñ de español o ch de charnego; los regantes murcianos; casi todos los partidos políticos españoles y sus votantes; Vázquez, Bono e Ibarra; los estigmatizados en el País Vasco; estafados por el paripé de la LOGSE; los intelectuales que fruncían el ceño con el prepujolismo, el pujolismo y el pospujolismo; obispos, sacristanes y monaguillos; la cabra de la legión; los antrincherados ante la ofensiva mediático-vital barcelonista; los madrileños; Adolfo Suárez y los padres de la Constitución; gente franca; liberales; social-demócratas convencidos; heterosexuales; gente con mal genio; anticastristas; vecinos antibotellón.

¿Aún no se han enterado los dictadores de lo políticamente correcto que sólo los hechos, y no sus etiquetas del tres al cuarto, le definen a uno? ¿No nos hemos enterado de que aún huyendo de dichos complejos los hemos asimilado, que nos justificamos constantemente para permanecer al margen de dichas etiquetas? ¿No hemos asumido aún que, a pesar de ser etiquetas de tres al cuarto, están venciendo rotundamente en el combate terminológico? ¿No es cierto que acabamos sintiéndonos a salvo tras un nosotros numantino nosotros también? ¿No resultan reflexiones como ésta una cierta dosis de terapia ante el daño que el dedo etiquetador nos inflige?

Desde que Franco se murió de puro viejo, en todo este País del Complejo la losa del fracaso de la oposición antifranquista la pagamos ya, etiqueta a etiqueta, día a día, millones de ciudadanos.

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