De la miseria y la grandeza de la narración y otras reflexiones

Las palabras, las frases, la narración, cualquier tipo de manifestación artística, son los únicos recipientes donde podemos entrever lo que buscamos.

En el discurso narrativo las ideas quieren salir de las palabras, mientras que las palabras pretenden encarcelar, o al menos contener, a las ideas. Esta es la miseria y la grandeza. ¿Cuántas ideas y conceptos, geniales y grandiosos, siguen vagando en pena buscando una palabra, una forma de expresión, una narración que les dé vida, que les preste un cuerpo para hacerse visibles? Por contra, ¿cuántas palabras y cuánta imagen no quieren decir absolutamente nada? El primer caso, el tesoro en el fondo del mar que jamás nadie llegará a encontrar. El segundo, la miel en la boca del asno que solo puede rebuznar, siempre de la misma manera.

Esto es, también, el poder de la narración. Algo tan inabarcable, tan imposible y grandilocuente como la idea de infinito, en una palabra tan corta e incluso tan poco original, dependiente de su antagónica ―in-finito― para poder articularse.

¿Y dios? Cuatro letras ―tres en catalán e inglés― para algo o alguien tan abstracto, tan etéreo, tan infinito.

La narración, en cualquier soporte, se muestra insuficiente pero es la mejor manera.

En la Biblioteca de Babel se combinan todas las letras, todas las palabras, en todas las combinaciones y sentidos posibles, y se recogen en libros que, efectivamente, se reúnen en número infinito. Jorge Luis Borges nos representa, nos ficciona, la culminación de la voluntad narrativa del ser humano. Todo está escrito, o se está escribiendo aún, en la Biblioteca de Babel.

De nuevo la miseria y la grandeza de la narración.

Confiesa Fernando Savater en Perdonen las molestias: ‘De modo que voy a intentar ayudarte, aunque no esperes que te resuelva satisfactoriamente el problema: ya sabes que soy aficionado a la filosofía, esa zona de aparcamiento griega de las preguntas sin respuesta. Y déjame que incurra en algunos meandros y digresiones, según el vicio de mi gremio’, pero también del gremio del historiador, del legislador, del matemático y del teólogo.

Post scriptum: Se puede deducir del confucionismo que quien pone nombre tiene el poder, el pueblo necesita lenguaje.

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