Garrulos

Las jóvenes madres garrulas se enseñan orgullosas el último politono ALTA vamosalbar. Dejan a los niños en ese servicio público al que nunca van cuando se les cita -colegio o escuela-, y se arremolinan alrededor del café con leche mañanero. Estos individuos nacen y básicamente se reproducen en el área metropolitana, y se distinguen, básicamente, por sus gritos.

A las cinco de la tarde. Suena el timbre del colegio y ya acuden al ritual diario. A las cinco de la tarde. Sus hijos saborean las sabrosas patatas fritas, su merienda a las cinco de la tarde.

Ante los patéticos contenidos de la telebasura, estas madres garrulas protegen a la prole dejándoles en la calle hasta las tantas, sea invierno o verano, haga frío o calor, eclipse parcial o gota fría. ¡Qué salud de hierro en beneficio de la sanidad pública! ¡Qué pulmonazos más curtidos! ¡Menos medicinas y más intemperie!

En verano nos ofrecen otro retrato costumbrista cuando, en la playa, se les puede oír gritar: “Kevin, ve con cuidadu que te brutarás amb la terra!” [sic]. Y Fabra se retuerce en ella.

Se puede ser más garrulo, pero es difícil.

Poco a poco se van incorporando los garrulos que ejercen de padres de familia; caras coloradas por el incesante riego sanguíneo y voz ronca. El consumo vespertino de cerveza aumenta, la economía nacional se reactiva, el capital se mueve, y el reciclaje de vidrio se hace realidad. La España garrula se reivindica como verdadero motor nacional.

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