Un castillero, último de los últimos de Filipinas

Junio de 1899. Tras un año de sitio, los soldados españoles resistentes en la iglesia del pueblo filipino de Baler arrían la bandera y entregan las armas. Atrás quedan las enfermedades, la falta de alimentos y la dureza de la lucha. A pesar de que Filipinas había sido vendida por veinte millones de dólares en diciembre de 1898, los hombres de Baler resistieron las duras condiciones del asedio durante seis meses más sin creer las noticias de paz que les llegaban.

La España imperial agonizaba cuando los últimos de Filipinas escribieron uno de los episodios más famosos de la historia bélica española, mito ampliamente explotado por la propaganda franquista, como lo demuestra el estreno en 1945 de la película Los últimos de Filipinas, dirigida por Antonio Román y protagonizada por José Nieto, Armando Calvo y Guillermo Marín, entre otros.

Felipe Castillo Castillo (1877-1964), campesino de Castillo de Locubín, llegó con veinte años a Baler. SIn ninguna experiencia en el manejo de las armas fue, por el año de su defunción, el último de los últimos de Filipinas. Reclutado por un tiempo de doce años, nuestro protagonista constituye un ejemplo del deficiente y elitista sistema de reclutamiento existente a finales del XIX e incluso durante el XX. El sistema legal para eludir el ejército consistía en la redención por 2.000 pesetas, cifra considerable que no estaba al alcance de todos en aquella España. Diversos eran los métodos para eludir el ejército, que iban desde la legal aunque elitista redención hasta la compra de sustituto, el fraude a distintos niveles, etc.

Todo esto favorecía una composición de los ejércitos poco heterogénea. Al fin y al cabo, los llamados a filas eran todos aquellos que habían agotado sus posibilidades para evitar su incorporación. Como afirma Rafael Núñez Florencia en el libro publicado por el Ministerio de Educación y Ciencia Los rostros del mito: “se configuraba así, en términos literales, un ejército de pobres”. A esto se añadía el analfabetismo, la falta de preparación militar, la falta de higiene y la vulnerabilidad ante desconocidas enfermedades tropicales (de las 60.000 víctimas durante las guerras de 1895-1898 solo un 5% lo era por heridas de guerra). Éstos eran, sin duda, algunos de los factores causantes de los constantes desastres del ejército español. En la guerra de Filipinas se añade el hecho de que la mayoría de los hombres reclutados, alrededor de 200.000, estaban en Cuba. En cierto sentido, el recién desaparecido servicio militar obligatorio significó un avance en la democratización y universalización del sistema de quintas.

Felipe Castillo Castillo, último de los últimos de Filipinas, pudo volver y, a pesar de casi haber sido fusilado durante la Guerra Civil, disfrutó de cierto reconocimiento oficial, y económico.

La mayoría de los campesinos anónimos que, en escasísimos casos, habían salido de su pueblo o cortijo, se dirigían hacia extraños y lejanos parajes como Cuba o Filipinas, y se despedían de sus familias con la presunción, a menudo cierta, de que se trataba de un adiós definitivo.

Alcalá la Real Información, 11 de agosto de 2001

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